19 de octubre, festividad de San Pedro de Alcántara (1499-1562)

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[Murió el 18 de octubre y su memoria se celebra el 19 del mismo mes]. Nació en Alcántara, provincia de Cáceres en España, el año 1499. Después de estudiar en Salamanca filosofía y derecho, ingresó en la Orden franciscana y se ordenó de sacerdote. Ocupó en la Orden diversos cargos. Austero consigo mismo, extremaba su dulzura con los demás. Llevado por el celo de las almas, se dedicó a la predicación con gran fruto. En 1554 obtuvo de la Santa Sede permiso para iniciar una observancia más fiel a la Regla de San Francisco. Se le agregaron otros hermanos, a quienes formó en la vida de penitencia y austeridad, en intensa oración y en la guarda estricta de la pobreza, y así se formó la Reforma Alcantarina, que tantos frutos de santidad daría a la Iglesia. Además, con sus consejos prestó ayuda a santa Teresa de Jesús para la reforma del Carmelo. Escribió obras en que expuso su propia experiencia ascética y contemplativa, fundada sobre todo en la devoción a la pasión de Cristo. Murió en Arenas de San Pedro (Ávila) el 18 de octubre de 1562.-

Oración: Señor y Dios nuestro, que hiciste resplandecer a san Pedro de Alcántara por su admirable penitencia y su altísima contemplación, concédenos, por sus méritos, que, caminando en austeridad de vida, alcancemos más fácilmente los bienes del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

TRATADO DE LA ORACIÓN Y MEDITACIÓN

Cuán desvariados son los que, por gozar de este soplo de vida tan breve, se exponen a perder el descanso de aquella que para siempre ha de durar.

¡Cuán mutable es la fortuna: siempre rueda de un lugar para otro!

El verdadero amor no se busca a sí, sino al que ama.

En la perfección no hay más claro indicio de estar lejos, que creerse cerca; porque en este camino los que van descubriendo más tierra se dan más prisa por ver lo mucho que les falta.

Hazte como niño pequeño, porque a los tales enseña Dios sus secretos.

Ninguno es mejor testigo de las cosas de Dios que el que las sabe por experiencia.

Reposa un poco en la consideración de tu nada y pon esto sólo a tu cuenta y todo lo demás a la de Dios, para que clara y palpablemente veas quién eres tú y quién es Él.

Alza los ojos al cielo y contempla en él la muchedumbre de estrellas… Pues si en este valle de lágrimas y lugar de destierro creó Dios cosas tan admirables y de tanta hermosura, ¿qué habrá creado en aquel lugar que es aposento de su gloria, trono de su grandeza, palacio de su majestad, casa de sus elegidos?

La bondad y majestad de Dios son infinitas, y sus beneficios y misericordias para con el hombre sobrepasan las arenas del mar.

La fe es la primera raíz, la esperanza es el báculo, y la caridad el fin del camino de toda perfección cristiana.
Mucho hace a los ojos de Dios quien hace todo lo que puede, aunque pueda poco. Mucho da quien desea dar mucho, quien da todo lo que tiene, quien no deja nada para sí.

En todos los trabajos y tentaciones de esta vida hemos de recurrir siempre a la oración, como a una sagrada áncora, por cuya virtud, si no nos vemos libres de la carga de la tribulación, se nos darán las fuerzas para llevarla, que es ganancia mayor.

Seis son las cosas que pueden intervenir en el ejercicio de la oración: Antes de entrar en la oración es necesario aparejar el corazón para este santo ejercicio, que es como quien templa la vihuela para tañer; después se sigue la lectura, y luego la meditación; y después de ésta puede seguir la acción de gracias por los beneficios recibidos; y luego el ofrecimiento de toda nuestra vida; la última parte es la petición.

La oración de la que no se salga con nuevas fuerzas y aliento para las cosas de Dios y su servicio, muy imperfecta es y de muy bajo valor.

Ésta es la más alta y provechosa manera que hay de meditar la pasión de Cristo, que es por vía de imitación, para que por la imitación vengamos a la transformación y así podamos decir con el apóstol: «vivo yo, mas no soy yo, es Cristo que vive en mí».

Si quieres sufrir con paciencia las adversidades y miserias de esta vida, seas hombre de oración.

Si quieres alcanzar virtud y fortaleza para vencer las tentaciones del enemigo, seas hombre de oración.

Si quieres mortificar tu propia voluntad con todas sus aficiones y apetitos, seas hombre de oración.

Si quieres conocer las astucias de Satanás y defenderte de sus engaños, seas hombre de oración.

Si quieres vivir alegremente y caminar con suavidad por el camino de la penitencia y del trabajo, seas hombre de oración.

Si quieres ojear de tu alma los moscas importunas de los vanos pensamientos y cuidados, seas hombre de oración.

Si quieres sustentar tu alma con la grosura de la devoción y traerla siempre llena de buenos pensamientos y deseos, seas hombre de oración.

Que trabaje el hombre por eliminar en este santo ejercicio la demasiada especulación del entendimiento. Que procure de tratar este negocio más con afectos y sentimientos de la voluntad que con discursos y especulaciones del entendimiento. Porque, sin duda, no aciertan este camino los que de tal manera se ponen en la oración a meditar los Misterios Divinos, como si los estudiasen para predicar. Esto es más derramar el espíritu que recogerlo, y andar más fuera de sí que dentro de sí. De donde nace que: Acabada su oración, se quedan secos y sin jugo de devoción, y tan fáciles y ligeros para cualquier liviandad como lo estaban antes. Porque en hecho de verdad, los tales no han orado, sino parlado y estudiado, que es un negocio bien diferente de la oración. Deberían los tales considerar que en este ejercicio más nos llegamos a escuchar que a parlar. Para acertar en este negocio: Lléguese el hombre con corazón de una viejecita ignorante y humilde, y más con voluntad dispuesta y aparejada para sentir y aficionarse a las cosas de Dios que con entendimiento despabilado y atento para escudriñarlas, porque esto es propio de los que estudian para saber, y no de los que oran y piensan en Dios para llorar.

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